El juicio final, Van Eyck

El juicio final, Van Eyck

Acorde a las escrituras de la Biblia, el juicio final es el momento en que toda la humanidad se enfrenta al fin de los tiempos y es juzgada, persona a persona, por decreto divino. Se sella así el destino último de cada alma, basado en las acciones que cada una de ellas ha llevado a cabo en su vida. Van Eyck, en un alarde de originalidad y maestría, nos presenta una poderosísima imagen del instante en el que, Jesucristo, está ejerciendo de juez. La obra, aún con reminiscencias bizantinas, no tiene parangón en su época y fue muy influyente para autores inmediatamente posteriores como El Bosco, Hans Memling o Brueghel.

La tabla pertenece a un díptico, es decir, a una obra que estaba delimitada por dos compartimentos que normalmente tenían relación entre sí. Aunque algunas fuentes aseguran que en realidad era un tríptico y se encuentra perdida la pieza central, hoy en día se da por hecho que efectivamente solo son dos piezas, la crucifixión y el juicio final, que aquí analizamos.

A simple vista destaca la división que practica Van Eyck en la tabla, cuyo formato en vertical favorece la delimitación clara del cielo, la tierra y el infierno. La tierra, aún en el centro, carece de importancia y ejerce de línea separadora, donde los resucitados emergen penosamente suplicando por su salvación, antes de ser juzgados por Cristo Juez. La tierra es inerte y al fondo se ven construcciones en llamas: lo terrenal ya no vale nada y se consume irremediablemente.

El Cielo

Rodeado de ángeles que tocan las trompetas del apocalipsis, Cristo destaca por ser objeto de la mayor parte de las miradas y el único que mira directamente al observador. Su importancia viene remarcada por su tamaño; cuanto mayor es, más importancia en la composición: Jesucristo es el primero, seguido por el arcángel Miguel, la Virgen María y San Juan orantes a su vera y el resto de presentes (los doce apóstoles en blanco y demás beatos). La Virgen María y San Juan forman un triángulo con Jesucristo, típica representación bizantina en Déesis, que solía agrupar a los tres mismos personajes, con Jesucristo en el centro y la dupla en actitud rogante mediando por la humanidad.

Toda la escena se encuentra suspendida en el aire, dando sensación de irrealidad, de elevación. Por otro lado, destaca la figura del arcángel Miguel, excepcionalmente colorida, que vela por la seguridad del cielo. Ataviado con una coraza romana, está preparado para el combate; con actitud amenazante, agarra la espada y mantiene a raya a la Muerte.

Se duda que esta parte haya sido pintada por Van Eyck. Todo indica a que, si bien el pintor flamenco ideó la composición, un discípulo suyo ejecutó la escena.

El Infierno

A mi juicio es la parte verdaderamente excepcional de la tabla. No se puede representar mejor el infierno, nunca mejor dicho, que supone la condenación al averno. Todo es un caos, una locura, los cuerpos se pierden en un amasijo de dolor y sufrimiento. Son “paridos” por la Muerte, representada como un murciélago, que abarca el largo del cuadro y no deja resquicio a los condenados.

Detalle Infierno El juicio final, Van Eyck

Van Eyck, en un alarde de imaginación, pinta una gran variedad de monstruos medievales. Los hay de todas clases, no repite ni uno: con grandes colmillos, con alas, serpenteos, de miradas inquietantes… todo un repertorio de fantasía que alimentaría la imaginación de muchos. Las criaturas torturan, desgarran la piel y engullen: destrozan todo a su paso sin piedad.
Para hacer la atmósfera más opresiva, el autor se vale de un tono anaranjado que sugiere elevada temperatura. Además, las figuras entran boca abajo y muy juntas, no hay espacios, acentuándose así la sensación de agobio. Incluso se puede intuir un mar de sangre en la base del cuadro.

Un detalles que he observado es que Van Eyck incluyó monjes entre los condenados que bien podría ser una crítica a aquellos que por un lado son practicantes (o aparentan serlo), pero que por otro no son buenas personas y acaban siendo enviados al infierno.

Para acabar, me gustaría resaltar las múltiples inscripciones que el autor hace sobre la tabla y el marco, algo no muy común en la época. Están realizadas en latín, griego y hebreo, prueba de que estamos ante una pintura compleja, no apta para el gran público. Presupone un alto nivel de conocimiento al observador, Van Eyck premia a quien se detiene en observar los detalles, que de otra manera pasarían desapercibidos. De hecho, los dípticos estaban pensados para devoción privada y no para la exposición abierta.

Autor: Jan Van Eyck
Año: Hacia 1430
Medidas: 56,5 cm × 19,7 cm
Soporte: Óleo sobre tabla, transladado a lienzo
Tema: Religioso
Estilo: Gótico
Localización: Museo Metropolitano de Arte, Nueva York