Bodegones, Paul Cézanne

Hay algo excepcionalmente bello en los bodegones de Paul Cezanne. Quizás es por el cálido cromatismo de sus naranjas y manzanas, cuyos redondeados perfiles nos asaltan una y otra vez en cada composición. O la cuidada disposición de los elementos, que el maestro estudiaba meticulosamente antes de empezar cada lienzo. Sea lo que fuere, no hay duda de que la visión de sus naturalezas muertas nos reportan una sensación de armonía indescriptible.

Alejado del relajamiento en lo formal de la pintura impresionista, Cezanne reivindica en sus bodegones la forma y la línea, dota a los elementos de un volumen y geometría que muchas veces se perdían en las impresiones de luces de muchos autores contemporáneos. En los objetos cotidianos ve la simplificación a las formas básicas, como el cono, el cilindro o la esfera y les dota de vida, sin importarle su condición de inertes. A pesar de que se ha dicho que hay cierta simbología oculta en el tratamiento de los objetos, sobretodo de los frutos, para mí la búsqueda de Cezanne con sus bodegones era una búsqueda de la pureza de la forma y de los contrastes cromáticos, cuidadísimos, que de por sí resultan un placer para la vista.

Voy a mostraros unos ejemplos de la producción de Cezanne en este género, al que tanto esfuerzo dedicó y en el que dejó el sello eterno de su pintura.

Cesto de manzanas de 1893

Cesto de manzanas

Nos encontramos ante la típica composición del bodegón cezanniano, donde los frutos parecen gráciles seres que juguetean. En el centro, el socorrido mantel blanco que usó en numerosas ocasiones, introduce la pureza del blanco. Su inclinación hacia el centro inferior, junto con la del cesto, parece imprimir movimiento y acercar las manzanas al espectador. Pero el detalle más importante se encuentra en el plano de la mesa. No coincide el de la derecha con el de la izquierda, corresponden a dos puntos de vista diferentes. Cezanne no se conforma con un plano estático, necesita de otro en el mismo para completar su visión de la realidad. Esta distorsión sería el germen del movimiento cubista y las vanguardias del siglo XX.

Naturaleza muerta con cebollas de 1896

Naturaleza muerta con cebollas

También se atrevió el maestro francés con la forma ondulante y la palidez de las cebollas, en este cuadro que nos recuerda la importancia de las formas. Importantísima la coherencia volumétrica que aporta el cuchillo, que parece como que sin él la composición perdiera la tridimensionalidad. Obsérvese también el notable descentralizado hacia la izquierda, donde el plano se corta, dando la sensación de que le falta un pedazo al cuadro. No obstante, el movimiento del mantel, otra vez hacia el suelo, balancea la escena, como si de un genial contrapeso se tratara. Cezanne aplica así una perspectiva fotográfica muy moderna.

Azucarero, cafetera y plato de fruta de 1890

Azucarero, cafetera y plato con fruta

“A las flores he renunciado. Se marchitan enseguida. Los frutos son más fieles. Les gusta que los retrate”. Así reconocía el pintor la sugestión pictórica que le proporcionaban las frutas, en detrimento de la caducidad de los vegetales, que tan poco retrató en sus bodegones. No obstante, aquí los encontramos impresos en el azucarero, cuya forma hexagonal sin duda le supondría un refinamiento de las formas que tanto le gustaban. La mesa aparece en un primerísimo plano y, para acentuar la sensación de ofrecimiento, la oblicuidad del friso del suelo, que empuja a la mesa. Y otra vez el mantel, cuyas rayas rojas suman movimiento y cuyo blanco aparece más “manchado” que nunca por los coloridos reflejos de los objetos.

Naturaleza muerta con manzanas y naranjas de 1899

Naturaleza muerta con manzanas y naranjas

Por último, quizás la más famosa naturaleza muerta de Cezanne. Todo se encuentra envuelto por el mantel y el tapiz. Sin embargo, no se pierde la tridimensionalidad debido al inteligente uso del color, que otorga profundidad y le proporciona proyección. Por otro lado, la mayoría de las naranjas ya no parecen tales: son meras esferas reconocibles únicamente por su color.

Además, otra vez aparece la distorsión del punto de vista. Por un lado, el jarrón y la fuente (que parece una extensión del mantel) y por otro, los pliegues del mantel que cuelgan. Sin duda parece como si fuéramos nosotros mismos los que nos movemos por el espacio.