Saturno devorando a un hijo, Goya

Saturno devorando a un hijo

Obra ante la cual parece que sobran las palabras, pertenece a la colección de Pinturas Negras que Goya produzco en las paredes de La quinta del Sordo, vivienda que adquirió hacia 1819. Es una de las obras más impactantes, no ya de toda su creación, sino de toda la pintura universal y el paradigma de como al estado anímico y las circunstancias propias del artista influyen en su producción; de ahí que muchos la vean como uno de los puntos de partida del expresionismo.

Expongamos primero el mito. Se nos representa a Saturno, dios romano de la agricultura y la cosecha, cuyo homónimo era el griego Cronos, el joven dios rey de los titanes relacionado con el tiempo y las estaciones. Se representaba empuñando una hoz o guadaña, instrumento agrícola que concretamente fue usado por Cronos para castrar a su padre Urano y así destronarlo. Más tarde, supo que sufriría el mismo destino que su padre y, para evitar correr la misma suerte, decidió devorar, uno tras otro y en cuanto nacieran, a sus vástagos. Y efectivamente, como no podía ser de otra manera, Zeus, su sexto hijo, que había sido puesto a salvo secretamente por su madre en la isla de Creta, cumplió el destino.

Detalle Saturno devorando a un hijoEs obvio que Goya no se limita solamente a representar el mito griego. Va más allá y nos muestra una alegoría de como el paso del tiempo consume todo a su paso, implacablemente. Saturno, alejado de la imagen que podríamos preconcebir de cómo es un dios, es un monstruo deforme de grandes dimensiones, con los ojos saltones y desalmados. La escena surge de la oscuridad, parece como si la luz solo existiera para alumbrar tal suceso, cargada de una violencia explícita que sobrecoge. No hay más que fijarse en cómo clava los dedos desgarrando el cuerpo ya inerte de su hijo y a grandes bocados lo muerde, en lo que parece ser el súmmum de la brutalidad. El cuerpo es propio de un hombre ya adulto, otra prueba de que Goya, alejado de otras representaciones más fieles del mito como Saturno de Rubens, intenta representar el irremediable avance del tiempo, y ante el cual el hombre, débil y sin defensa posible, está a su merced.

Goya emplea una técnica poco ortodoxa para la época. Prescinde casi del dibujo, pinta sobre fondo oscuro y a grandes brochazos, los miembros surgen de la oscuridad, no le es casi ni necesario pintar las zonas más oscuras. La paleta de colores, al igual que en el resto de la colección, usa una reducida gama de colores, aquí pálida para una mejor identificación con un personaje viejo y decrépito, casi esquelético.

Es bueno saber, para una mejor comprensión del cuadro, que Goya lo pintó a una edad bastante avanzada, ya sordo, recién recuperado de una grave enfermedad y tras haber vivido los horrores de la guerra. Razón esta última por la cual se ha llegado a decir que la imagen es un símbolo del rey Fernando VII tragándose a su pueblo. Al margen de toda interpretación, estamos ante una obra que muestra la fulgurante metamorfosis de un artista apasionante, cuyas vivencias moldearon por completo su pintura: de pintor de corte a pintor del pueblo, de cronista de guerra a, como nos ocupa, indagador de los más profundos miedos del hombre.

Autor: Francisco de Goya y Lucientes
Año: Entre 1820 y 1823
Medidas: 143,5 cm x 81,4 cm
Soporte: Óleo sobre pared, trasladado a lienzo
Tema: Mitología, arte figurativo
Estilo: Romanticismo
Localización: Museo del Prado, Madrid