El castillo de los Pirineos, René Magritte

El castillo de los Pirineos, Rene Magritte

Una colosal roca, coronada por un castillo, flota en mitad del océano ingrávida. Querríamos estar en ese castillo; como espectadores, nos conformamos con verla desde el mar, enfurecido y tremendamente hostil. Sin embargo, la fantasmagórica piedra permanece ajena a todo eso, sobre un fondo de apacibles nubes, ligera, a pesar de su naturaleza maciza y pesada. Y nunca mejor dicho, a pesar. A pesar de nuestra idea preconcebida, de las ideas fijas en nuestra percepción, que indudablemente nos advierte de que esta imagen es imposible: una roca es pesada, no puede flotar, se caería. Estamos ante un misterio.

Magritte no se cansó de indagar en lo misterioso. Parafraseando a un buen amigo suyo, el enigma de por qué está flotando el objeto (del que podemos pensar, usando la lógica, que es porque la gravedad no le afecta) nos conduce a otro misterio mayor: ¿Por qué existe la gravedad? ¿Qué es más enigmático, el hecho de que algo no esté sujeto a sus leyes o de que exista una fuerza invisible que todo lo atrae porque sí? Obviamente, lo segundo. Tenemos tan interiorizado ese dogma, nos “pesa” tanto en nuestra mente, que nos sorprende más una imagen de una roca que no se ajusta a su dictado que el propio dogma en sí. Y así es como el artista impacta no solo en el ojo, sino en la mente del observador.

Por eso me gusta tanto Magritte. Toda su imaginería juega con el entendimiento; está a medio camino entre lo real y lo irreal. Un pintor convencional, de querer representar un castillo como algo idílico y al alcance de pocos, se hubiese limitado a pintarlo sobresaliendo de entre un bello bosque, en lo alto de una montaña rodeado de una espesa bruma. Magritte no. Le da al tema una vuelta de tuerca surrealista, el castillo se vuelve ahora algo aún más inaccesible, flota en la inmensidad del océano sobre un escarpado pedrusco. De hecho, el título del cuadro proviene de una modificación de una expresión francesa faire des châteaux en Espagne, que equivaldría a la expresión castellana construir castillos en el aire: una idea de difícil realización, casi imposible de alcanzar. Este cuadro es también la materialización visual de esa idea. En un análisis más amplio, podríamos interpretar el mar como la mente consciente, embravecida y turbulenta, y el cielo con la mente inconsciente, idealizada y en perfecta armonía.

Detalle El castillo de los Pirineos, Magritte

Pictóricamente hablando, la obra, y por extensión todo la producción de Magritte, no tiene mucho que comentar, ya que el belga usa la pintura como medio, en ningún caso como fin. No se atisba nada extraordinario; ninguna pincelada con, digamos, personalidad. No obstante, su técnica, a menudo etiquetada de realismo mágico, goza de rigurosidad: fíjate con qué detalle representa las olas y las nubes, o qué fiel es la textura de la roca.

Esta vez, la pintura pasa a un segundo plano y se pone al servicio de la imaginativa mente del creador de imágenes, más que pintor, Rene Magritte.

Autor: René François Ghislain Magritte
Año:
1959
Medidas: 200 x 145 cm
Soporte: Óleo sobre lienzo
Tema: Pintura simbólica
Estilo: Surrealismo
Localización: Museo de Israel, Jerusalén

  • adela

    Muy bueno tu artículo, creo que has combinado muy bien el elemento metafísico con el físico. Propones cuestiones que indagan en la propia consciencia de uno mismo…. en los temores e intrigas que constantemente nos abrazan a través de imágenes ,como esta, o de experiencias… mas vivas por ser mas nuestras…. Enhorabuena…. sigue compartiendo tu visión con los que curioseamos por los talentos de los demás……
    Adela.