San Juan Bautista, Leonardo Da Vinci

No cabe duda de que la Mona Lisa o Gioconda, encumbrada como la obra más famosa de todos los tiempos, es un buen retrato. El halo de misterio que la rodea, ya sea por su ambigua sonrisa, desconocida identidad, el robo que sufrió a principio de siglo o el propio misticismo creado alrededor de su autor, Leonardo Da Vinci, todos esos ingredientes juntos, han hecho de ella un símbolo pictórico universal, reconocible por casi cualquiera. Ahora bien, incluso dentro de la no muy extensa producción plástica del autor italiano hay que reconocer obras superiores, como el caso que nos ocupa. Porque si tan misteriosa es la sonrisa de la Mona Lisa, entonces ¿Cuánto lo es la de este San Juan Bautista?

Primeramente, hay que conocer al personaje de la que trata la obra. San Juan Bautista era un profeta ambulante judío que utilizaba el bautismo como elemento central de su actividad mesiánica. Predijo la llegada de Jesucristo, al que reconoció como el salvador y bautizó en las aguas del río Jordán, para pasar a “disminuir” ante él, según palabras textuales, ya que su misión central había sido cumplida. Era un hombre “recto y sagrado”, completamente entregado a su labor, del que se dice que vagaba por el desierto, vistiendo pieles, con aspecto desarrapado y alimentándose de las alimañas que encontraba en su camino. Efectivamente, San Juan encarna la humildad, debido a que cede completamente ante Cristo, conocedor de sus limitaciones y debilidades ante algo netamente superior.

Sin embargo, ¿Por qué Leonardo nos presenta a San Juan Bautista como un efebo andrógino, en contraposición al hombre recto y sagrado precursor de Jesucristo? ¿Por qué prescinde del típico fondo en plena naturaleza que suele acompañar a la figura en otras representaciones, para pasar a envolverlo en la oscuridad? ¿Por qué esa sonrisa ambigua, a mi parecer más expresiva que la de la Gioconda, y la expresión, casi ebria, con los ojos bizcos, de su rostro? Situando la obra en su contexto, no me negaran que es toda una provocación, más si cabe sabiendo que es una de las últimas obras de Leonardo.

Pasemos a detenernos en las incógnitas. Se dice que las pieles que se enrollan en su cuerpo y la cruz fueron agregadas más tarde. No sería de extrañar, ya que así se proporcionó a la obra de un toque más académico y menos provocador. También explicaría, a mi parecer, la posición poco natural de la cruz. Por otro lado, si bien en primera instancia la obra puede percibirse como la total encarnación del concepto de humildad, presentando a un San Juan Bautista completamente desnudo, puro, dando paso con alegría y sinceridad (apoya su mano izquierda en el corazón) al mesías que esperaba mientras señala al cielo, recalcando así que la escena es un designio divino; es su sonrisa, esa sonrisa, ejecutada con maestría por el autor, la que desbarata todo lo anteriormente dicho para hacer volar la imaginación y llevarnos a elucubrar sobre los más diversos significados.

Porque, ¿Quién nos puede contradecir la idea de ver en este rostro el personaje nos invita a pensar que el cielo, al que señala, no existe y que es el hombre, la mano descansa en el pecho, recientemente “renacido” por propagación de las ideas humanistas, como el centro de todo, precursor de los sentimientos ateístas modernos? Su faz irónica, desde luego, no hacen más que confundir al observador.

Sin duda ayuda al misterio de la obra la técnica pictórica del sfumato, que envuelve a la silueta de esa apariencia difuminada en sus bordes, creando un efecto de espectro surgido de entre las tinieblas, tan usado por Leonardo Da Vinci. Ésta técnica favorecería otras como el tenebrismo y el claroscuro, llevadas a su máxima expresión por autores como Caravaggio.

Autor: Leonardo da Vinci
Año: 1513-1516
Medidas: 69 cm × 57 cm
Soporte: Óleo sobre tabla
Tema: Religioso
Estilo: Renacimiento
Localización: Museo del Louvre, París